En la catequesis hemos aprendido los mandamientos de la Iglesia: asistir a la Eucaristía los domingos y días de precepto; confesar los pecados graves al menos una vez al año o en peligro de muerte; comulgar durante el tiempo pascual; observar los días penitenciales establecidos por la Iglesia y ayudarla en sus necesidades. Se trata de cinco compromisos concretos que ayudan al creyente a conservar la vida de la gracia y a mantener el vínculo de la comunión eclesial. Hoy quiero ofreceros una breve reflexión sobre una forma posible de cumplir el quinto de estos mandamientos.

Las formas de ayudar a la Iglesia pueden ser diversas: compromisos de voluntariado y colaboración con las parroquias y asociaciones apostólicas, dedicar parte del propio tiempo a un servicio eclesial, contribuir con donativos que ayuden a sus obras apostólicas y caritativas, etc… Durante estas semanas los creyentes, como buenos ciudadanos, tenemos la obligación de cumplir los deberes fiscales con el estado. En nuestro ordenamiento jurídico existe una forma de ayuda a la Iglesia que es sencilla y no supone ningún gravamen para quienes deciden hacer uso de ella. Es tan fácil como indicar que un pequeño porcentaje del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas se dedique al sostenimiento de la Iglesia Católica. Se trata de un sistema que puede ser un instrumento justo de colaboración entre la sociedad y la Iglesia.

No estamos ante un privilegio. El estado tiene el deber de saber qué instituciones tienen una valoración positiva por parte de la sociedad. El hecho de que cada año entre el 30 y el 35% de los contribuyentes decidan que parte de sus impuestos se destinen al sostenimiento de la Iglesia, nos habla de una implantacion social considerable (difícilmente encontraremos otra organización que mantenga un arraigo tan significativo y tan fiel). Hay que pensar que estas personas creen, además, que la presencia de la Iglesia es beneficiosa para la sociedad. El estado no puede ignorar la opinión de este grupo de ciudadanos.

Es un sistema democrático. Que los contribuyentes tengan la oportunidad de decidir a qué se destinan sus impuestos es un signo de salud en una democracia. En un sistema democrático los ciudadanos son convocados periódicamente a unas elecciones. Es el momento de valorar las decisiones de los gobernantes. Pero la democracia no se agota en esto: esta es más fuerte cuando los ciudadanos tienen la posibilidad de decidir sobre aspectos concretos de la vida social y política.

Es, finalmente, una opción que se ofrece a todos y que no obliga a nadie. Quien no quiera que se destine parte de sus impuestos a la Iglesia, no puede ser forzado a ello. Es más, aunque los católicos tienen la obligación moral de ayudar al sostenimiento de la Iglesia según sus posibilidades, no están legalmente obligados a utilizar este sistema. Pueden hacerlo por otros caminos. Por ello, si alguna vez acuden a la Iglesia por una necesidad humana o pastoral, nadie les preguntará si han puesto la “x” en la declaración de la renta. Estamos ante un gesto de libertad en relación con el estado y de un signo de la libertad que se vive en el interior de la Iglesia. Esta libertad ha de ser el motivo principal para comprometerse más con ella.

Gracias por vuestra colaboración.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa